Capitulo 3

                                                             

                                                               NOAH

El tintineo de las copas de cristal y las risas ensayadas de la alta sociedad de Nueva York flotaban en el aire del gran salón, pero para mí todo ese ruido se había reducido a un zumbido insoportable. Desde un rincón de la lujosa recepción, sintiendo el dolor en mis propios dedos de tanto apretar el vaso de whisky, observaba la escena en el centro de la pista de baile. Mi padre, William Bennett, se erguía con esa confianza casi obscena que solo poseen los hombres que se creen dueños del destino ajeno.

A su lado estaba ella. Olivia.

Se veía tan hermosa que dolía mirarla, vestida con esa seda que parecía derretirse contra su piel dorada. Intenté alejarme, lo intenté durante tres malditos años al otro lado del océano, obligándome a enterrar su recuerdo en cada rincón de Europa, pero fue inútil. Ninguna mujer, ningún alcohol, ninguna distracción logró borrar la memoria de esa noche en Madrid. Aún podía sentir la calidez de sus manos sujetándome con desesperación, la forma en que devoró mis labios en un beso prohibido que me abrasó el alma, solo para salir corriendo justo después y dejarme ardiendo, hambriento, rogando por más.

No había podido olvidarla ni un solo día. Y ahora, ver el anuncio oficial de su compromiso siendo aplaudido por un montón de hipócritas se sentía como una burla directa, un puñetazo al orgullo y a la memoria de ese beso que ella intentaba actuar como si nunca hubiera pasado.

Sentí el quemazón del alcohol en la garganta, pero el verdadero incendio me ardía en el pecho. Ver a mi padre colocar ese maldito anillo de diamantes en su dedo, reclamándola ante el mundo como su futura esposa, me envió una descarga de rabia por la espina dorsal. Se me oscureció la mirada. No podía apartar los ojos de ella, de la delicadeza de sus hombros y de esa sonrisa forzada que me dolía en el alma más que cualquier otra cosa. Tenía ganas de romper el salón entero.

—Deberías disimular un poco, Noah —dijo una voz suave y cargada de un fino sarcasmo a mi lado.

No necesité girar la cabeza para saber que era mi madre. Diana Morales estaba de pie a mi lado, sosteniendo su copa de champán con una elegancia impecable. Sus ojos verdes, idénticos a los míos pero llenos de una sabiduría cansada, también estaban fijos en la feliz pareja.

—No sé de qué estás hablando, mamá —respondí, con la mandíbula tan apretada que las palabras apenas lograron escapar de mis labios.

Diana soltó una risa baja.

—Por favor, hijo. Te conozco desde el día en que naciste y sé exactamente cómo miras las cosas que deseas. Pero tienes que entender algo muy importante: cuando eres adulto, hay que aceptar que no se puede tener todo en la vida. Y mucho menos lo que simplemente no te pertenece.

Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada, pero en lugar de apagar el fuego en mi interior, solo servieron para avivar el resentimiento. Apreté el vaso con tanta fuerza que el cristal crujió bajo la presión de mis dedos, amenazando con romperse e incrustarse en mi propia carne. Todo mi cuerpo se rebelaba ante la sola idea de actuar como el hijastro ejemplar, de forzar una sonrisa hipócrita y de sofocar la oleada de fuego que me recorría las venas cada vez que recordaba el sabor de su boca. El mero pensamiento de imaginarla despertando cada mañana en la cama de mi padre, de saber que William la tocaría mientras yo seguía atormentado por el fantasma de ese beso en Madrid, me revolvía el estómago de una manera insoportable.

—Ella no le pertenece a nadie, mamá —susurré.

—Es la prometida de tu padre, Noah. En este mundo, eso es lo mismo —decretó Diana, dando un sorbo lento a su bebida—. No cometas una estupidez.

No respondí. No podía quedarme un segundo más en ese salón lleno de falsedad. Dejé el vaso de whisky sobre una mesa de servicio con un golpe seco y, sin despedirme de nadie, me di la vuelta para abandonar la fiesta.

Durante los días anteriores, mi padre había insistido en que me mudara a la gran residencia familiar. Al principio me negué, sabiendo que William le había contado a Olivia y que ella había respirado aliviada al saber que mantendría mi distancia. Saber que mi presencia y la memoria de lo que hicimos la perturbaban tanto me dio una retorcida satisfacción.

Pasó una semana bajo una calma tensa. Pero el hambre de volver a tenerla cerca fue más fuerte que cualquier prudencia.

Al final, decidí probar suerte. Agarré mis maletas y me fui a la mansión, dispuesto a mudarme solo por el retorcido placer de rozar su sombra, de respirar su mismo aire y ver cuánto tiempo más podía ella fingir que aquel beso no había destruido nuestro futuro para siempre.

Pero justo cuando empujé la gran puerta de entrada y di los primeros pasos en el vestíbulo, me la topé de frente.

Olivia venía bajando las escaleras a toda prisa, casi tropezando con sus propios pasos. Estaba llorando. Tenía el rostro desencajado, roto por una rabia y un dolor que jamás le había visto en los años que llevaba al lado de mi padre.

Al verla así, vulnerada y con las mejillas empapadas en lágrimas, una certeza brutal me golpeó el pecho. Si mi padre era el causante de su llanto, si ese viejo manipulador la hacía sufrir de esa manera, entonces no la merecía. Nunca la había merecido. Tres años esperándola en la sombra, consumiéndome por el recuerdo de sus labios devorando los míos antes de huir, habían sido suficientes. No iba a dejar que la siguiera destruyendo bajo la farsa de su maldito compromiso.

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