Javier entró como una ráfaga al despacho de Vladimir, cargando una torre de carpetas que parecía a punto de aplastarlo. Caminaba tambaleándose como si llevara encima el peso del mundo, aunque en realidad eran solo informes y papeles.
—Perdón, jefecito, que lo moleste —dijo con voz temblorosa mientras el sudor le bajaba por la frente—. Sé que está ocupado, pero… tengo algo que pedirle.
Vladimir levantó la vista desde su computadora con el ceño fruncido y una ceja arqueada. Al ver a su amigo y as