La cláusula

Julián se sentó porque las piernas dejaron de darle la cortesía de mantenerlo de pie.

El papel estaba a un palmo de su cara. Letra menuda, italiana, traducida al margen por la mano pulcra del albacea. La cláusula séptima ocupaba un solo párrafo. Doménica Vancroft había necesitado un solo párrafo para encadenarlo desde el otro lado de la tumba.

—Lee en voz alta —dijo Adrián—. A veces uno se cree menos lo que se inventa cuando lo dice con su propia voz.

—No me hace falta.

—Hazme el favor.

Julián apretó la mandíbula y leyó.

—«El heredero universal, Julián Andrea Vancroft, recibirá la totalidad del patrimonio —el grupo, las viñas de la Toscana, los fondos fiduciarios— bajo dos condiciones inseparables. Primera: permanecer casado con Elena Rivas durante cinco años consecutivos contados desde la fecha del enlace. Segunda: concebir con ella un hijo dentro de ese mismo plazo.» —se detuvo. La garganta le funcionaba mal—. «De incumplirse cualquiera de las dos, la herencia pasará íntegra a la Fundación Doménica Vancroft, sin excepción ni recurso.»

El silencio que siguió fue pesado. Julián lo sintió asentarse sobre los hombros.

—Cinco años —dijo al fin—. Llevo casado tres.

—Tres años que se cumplieron ayer. —Adrián consultó la carpeta con esa calma suya que en los tribunales desarmaba a los testigos y que ahora a Julián le daban ganas de borrarle de la cara—. Te faltan veinticuatro meses de matrimonio. Y un hijo.

—Es una broma.

—Es un testamento protocolizado en Florencia, sellado por tres notarios y blindado por el mejor bufete del norte de Italia. —Adrián cerró la carpeta—. Las bromas se discuten. Esto se acata.

Julián se levantó de golpe. El sillón rodó hacia atrás y golpeó el ventanal.

—Mi abuela no pudo hacerme esto.

—Tu abuela te hizo exactamente esto. Con premeditación, además. —Adrián lo siguió con la mirada mientras él caminaba de un extremo al otro del despacho—. La cláusula tercera, la que tú sí leíste, te entregaba el imperio sin condiciones. Alguien la reescribió seis meses antes de ella morir. ¿Sabes qué cambió en esos seis meses, Julián? Tu boda. Doménica firmó la trampa después de elegirte la esposa.

—No la eligió ella.

—¿No?

Julián abrió la boca para responder y no encontró con qué. Se vio de pronto cuatro años atrás, en el comedor de la villa, su abuela sirviéndole vino y deslizando un nombre entre dos frases como quien no quiere la cosa. ‘Una chica de la oficina salvó el contrato de las viñas. Rivas. Deberías conocerla mejor. Lo había dicho una vez. Una sola. Y un año después Julián estaba firmando en una capilla creyendo que la idea había sido suya.

Cerró los ojos.

—Hijo de…

—De una mujer brillante y sin escrúpulos, sí. —Adrián se permitió media sonrisa, que se apagó enseguida—. Lo que nos lleva al problema real. Si te divorcias ahora, lo pierdes todo. El grupo, la Toscana, hasta esta torre desde la que miras la ciudad como si fuera tuya. Pasaría a una fundación que lleva el nombre de tu abuela y que administraría, qué casualidad, el mismo bufete que redactó el testamento.

—Tiene que haber una grieta. Siempre hay una grieta.

—Veamos. —Adrián abrió de nuevo la carpeta, sacó una hoja escrita a mano, llena de tachaduras—. Nulidad por vicio: no procede, te casaste mayor de edad y en pleno uso de tus facultades, por desgracia. Impugnar la capacidad mental de Doménica: imposible, dejó tres dictámenes médicos que la declaran lúcida hasta el último mes. Argumentar coacción: tendrías que demostrar que alguien te obligó a casarte, y nadie te obligó. Te casaste solo, con tu propia firma, por tu propia ambición.

—No fue ambición.

—¿Ah, no? —Adrián levantó la vista—. ¿Y qué fue?

Julián no contestó. Volvió al ventanal. Cuarenta pisos abajo la ciudad seguía existiendo, indiferente, llena de hombres que se habían casado por amor o por nada y que al menos eran dueños de su propia ruina.

—Hay una salida —dijo despacio—. La que tu abuela dejó abierta sin querer.

—Cumplir.

—Cumplir. —Adrián lo dijo como si la palabra le supiera mal—. Veinticuatro meses más de matrimonio. Y un hijo de Elena. Le das a la cláusula lo que pide, cobras la herencia, y entonces, libre y rico, te divorcias con la conciencia tranquila y el bolsillo lleno. Es lo que cualquier Vancroft haría.

Algo en el modo en que lo dijo hizo que Julián se girara.

—Lo dices como si te diera asco.

—Lo digo como tu abogado. —Adrián recogió sus papeles, los golpeó contra la mesa para alinearlos. El gesto le salió más brusco de lo necesario—. Lo que me dé a mí no se cobra por hora.

Hubo un instante —Julián lo registró sin entenderlo— en que Adrián miró una carpeta distinta, una más delgada, que había traído debajo de todas las demás y que no llegó a abrir. La tapó con el brazo. La cara se le tensó alrededor de algo que no dijo.

—¿Qué es eso?

—Papeleo médico del expediente sucesorio. Doménica pagó unos exámenes hace años, están dentro del expediente clínico. Nada que te incumba hoy. —Adrián se puso de pie, recuperó su tono de siempre, el ligero, el de las cenas—. Hoy te incumbe tu esposa. Porque vas a tener que pedirle que se quede otros dos años y te dé un heredero, justo cuando ibas a pedirle que se fuera. —apoyó una mano en el hombro de Julián al pasar—. Te deseo suerte con esa conversación, hermano. La vas a necesitar.

La puerta se cerró tras él.

Julián se quedó solo con el testamento, el whisky tibio y una ciudad que ya no le pertenecía del todo. Pensó en Elena. En el risotto que se enfrió la noche anterior, en el vestido azul, en la facilidad con la que había planeado, esa misma mañana, ofrecerle una salida discreta y una cifra generosa. Qué sencillo le había parecido a las nueve. Qué barato.

Ahora la necesitaba. Y odiaba la palabra con cada hueso del cuerpo.

Guardó el documento en el saco y bajó al coche sin terminar la frase que venía armando en la cabeza. Elena, sé que esto sonará extraño, pero las circunstancias… No. Elena, te propongo un acuerdo que nos conviene a ambos… Tampoco. Cada versión sonaba a lo que era: a un hombre pidiéndole a la mujer que iba a abandonar que le hiciera el favor de quedarse.

El trayecto se le hizo corto y eterno a la vez. Cuando entró en casa, las luces del salón estaban encendidas.

Y Elena lo esperaba de pie en el centro de la sala, muy quieta, como si no se hubiera movido en veinticuatro horas. En la mano sostenía un sobre rígido, de papel bueno, abierto. Julián reconoció el membrete desde la puerta. Costa & Asociados.

Ella levantó los ojos. No había llanto en ellos. Había algo peor: serenidad.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

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