Mundo ficciónIniciar sesiónLa ciudad se extendía cuarenta pisos bajo los ventanales del despacho, y Julián Vancroft la miraba sin verla, con una copa de whisky que llevaba media hora entibiándose entre los dedos.
Recordaba la noche anterior, a las ocho y veinte había estado en esa oficina aún sabiendo exactamente lo que probablemente ocurría en su casa a esa hora. Elena habría apagado las velas —porque por supuesto había velas, había vestido, había una fecha que él debió recordar y no recordó— y estaría recogiendo la mesa con esos movimientos suyos que nunca hacían ruido. Lo sabía y se quedó en la oficina de todos modos. Se dijo que había sido por la reunión del día siguiente. Casi se lo creyó.
«Quince de octubre.» La voz de ella le había seguido hasta el ascensor aquella mañana. ¿Te dice algo?
Le decía. Ese era el problema que Julián no se permitía nombrar: que sí le decía algo, y que esa cosa que le decía le apretaba el pecho de un modo que prefería llamar fastidio. Fastidio era manejable. Fastidio cabía en una agenda.
Bebió. El whisky le supo a la oficina, a las once de la mañana de un día cualquiera, al momento en que Isabella había vuelto a entrar a su vida por la misma puerta de cristal por la que ahora miraba la ciudad.
—Tres semanas en la ciudad y ya pareces un hombre con resaca de algo que no bebiste.
Adrián entró sin llamar, como entraba siempre, con esa libertad que se toman los amigos que te conocieron antes de que tuvieras un imperio. Traía una carpeta bajo el brazo y la corbata floja, y se dejó caer en el sillón frente al escritorio antes de que Julián lo invitara.
—Trajiste los papeles —dijo Julián.
—Traje los papeles. —Adrián los dejó sobre la mesa, pero no apartó la mano de la carpeta—. También traje una pregunta, porque soy tu abogado y tu amigo, y los dos cobran caro si te equivocas.
—No me voy a equivocar.
—Eso dicen todos los hombres a punto de equivocarse. —Adrián se inclinó hacia adelante—. ¿Estás seguro de que la quieres fuera… o solo quieres a la otra dentro?
Julián dejó la copa. La pregunta tenía filo, y Adrián la había afilado a propósito.
—No metas a Isabella en esto.
—La metiste tú, hermano. El día que volvió, dejaste de hablarme de tu empresa y empezaste a hablarme de tu matrimonio. —Adrián ladeó la cabeza—. Tres años aguantaste a Elena sin una queja. Tres semanas con Isabella en la ciudad y de pronto te ahogas. Hazme caso, que de esto sé más que tú.
—¿De divorcios?
—De esa mujer. —algo le pasó a Adrián por la cara, rápido, una sombra que Julián estaba demasiado cansado para leer—. De las mujeres que te hacen creer que el pasado es el lugar al que deberías volver.
Julián se levantó, caminó hasta el ventanal. Era más fácil hablar de esto sin que Adrián le viera a los ojos.
—No la amo, Adrián. A Elena. Nunca fingí lo contrario, ni con ella ni conmigo. —lo dijo despacio, ordenando cada palabra para que sonara a verdad—. Mi abuela armó este matrimonio como armaba todo, moviéndonos por el tablero. Elena entró en una conveniencia. Está en su derecho de salir de ella con dignidad y con dinero. Eso es lo que le voy a dar.
—Qué generoso.
—Es lo justo.
—Lo justo. —Adrián abrió por fin la carpeta—. Hablemos de lo justo, entonces. Separación de bienes, fondos, la participación de ella en las negociaciones de las viñas, que no es poca, por cierto, esa mujer salvó la Toscana antes de ser tu esposa…
—Lo sé.
—No estoy seguro de que lo sepas. —Adrián pasó hojas tras hojas—. Pero da igual. Para repartir bien hay que leer bien. Y antes de firmarte una sola línea necesito el testamento completo de Doménica, no el resumen que te leyó el albacea con prisa en el funeral.
—Está en la cláusula tercera. Herencia a mi nombre, condiciones estándar, lo de siempre.
—Lo de siempre. —Adrián encontró la página. Empezó a leer.
Y Julián, que conocía a su amigo desde hacía catorce años, que lo había visto ganar juicios imposibles sin mover una ceja y perder a su padre sin levantar la voz, vio algo que casi nunca veía en él: Adrián se quedó quieto. Dejó de pasar las hojas. Leyó la misma línea dos veces, lo supo por el modo en que los ojos le volvieron al margen.
—¿Qué?
Adrián no contestó enseguida. Levantó la vista por encima del papel, y en sus ojos había una cosa nueva, parecida a la lástima, parecida a la diversión amarga de quien acaba de entender un chiste que no tiene gracia.
—Julián. —apoyó la carpeta sobre las rodillas—. Tú no leíste esto completo, ¿verdad?
El whisky de pronto le pesaba en el estómago.
—Leí lo que tenía que leer.
—No. —Adrián giró el documento sobre el escritorio y empujó la página hacia él con un solo dedo—. Leíste lo que tu abuela quería que leyeras rápido. Lo otro lo escondió bien abajo, donde nadie mira hasta que es tarde. —hizo una pausa, y esta vez no había ironía en su voz, solo el tono que usaba para dar las peores noticias—. Siéntate, hermano. Lee la cláusula séptima. Y después dime si todavía quieres divorciarte.







