Bajo el mismo techo

Julián bajó a desayunar a las siete y la encontró ya vestida, de pie junto a la isla de la cocina, revisando el teléfono con una taza de café solo en la mano.

Se quedó un segundo en el umbral. La noche anterior, cuando volvió de la torre, la casa estaba a oscuras y la puerta del estudio cerrada con llave. Había dado por hecho que ella no regresaría, que la conversación de la mañana venía con maletas. Se equivocó. Elena se había ido a trabajar como cualquier martes, había firmado quién sabe cuántos contratos para la empresa que llevaba su apellido, y había vuelto a dormir bajo su techo, porque la casa también era de ella, porque la cláusula los encadenaba a los dos por igual.

Eso le molestó más que un portazo.

—Hay café —dijo ella sin levantar la vista—. Hice de más por costumbre. No interpretes nada.

—No interpreto nada.

—Bien.

Se sirvió. La cafetera, notó, estaba programada para las seis y media. ¿Desde cuándo? Llevaba tres años bebiendo ese café y nunca se había preguntado a qué hora aparecía, igual que nunca se preguntó quién reponía sus camisas planchadas ni de dónde salían las flores frescas del recibidor que él jamás miraba.

—Tienes pintura en la muñeca —dijo, por decir algo.

Elena se miró el borde de la mano. Una mancha azul, seca, junto al hueso.

—Pinté hasta tarde.

—¿Anoche?

—Casi todas las noches. —por fin lo miró—. Llevo tres años haciéndolo. La luz del estudio se ve desde tu habitación, Julián. Solo que nunca cruzaste el pasillo para preguntar qué la encendía.

No tenía respuesta para eso, así que bebió.

El silencio entre ambos se asentó sobre la encimera de mármol, y por una vez a Julián no le resultó cómodo. Antes, los desayunos callados le parecían eficientes. Dos adultos, dos teléfonos, una agenda. Esta mañana el mismo silencio le cortaba.

—Te oí tararear —dijo él.

—¿Perdón?

—Mientras pintas. Tarareas. —frunció el ceño—. Siempre la misma melodía. No sé cuál es.

Algo cambió en la cara de Elena, cautela, como quien descubre que lo han estado mirando por una rendija que creía tapada.

—La cantaba tu abuela —respondió—. En la Toscana. Una canción vieja de su pueblo. —dejó la taza—. Doménica me la enseñó las tardes que pasábamos juntas. Tú estabas en Milán, en aquella fusión. No volviste hasta el funeral.

Julián apretó la mandíbula. Otra vez ella, su esposa, custodiando pedazos de su propia familia que a él le habían sido ajenos. La mujer con la que llevaba mil noventa y siete días casado conocía la voz de su abuela mejor que él.

—Tenemos que hablar de logística —dijo, retomando el único terreno donde se sentía firme—. Mientras dure esto, habrá compromisos. Apariciones. La gente espera ver un matrimonio.

—La gente espera ver lo que tú necesitas que vea para conservar tu imperio. —Elena enjuagó la taza y la colocó boca abajo en el escurridor, los gestos eran pequeños y exactos—. Lo haré. Pero con condiciones, ya lo acordamos. Tú no entras a mi estudio. Yo no entro a tu cama. Y nadie, ni Isabella ni la prensa ni tu querido bufete, decide por mí a qué hora salgo de esta casa.

—¿Y si te necesito para una cena de negocios un martes a las nueve?

—Me lo pides. Como a una socia. No como a una esposa que ya no eres capaz de mirar. —tomó su abrigo del respaldo de la silla—. Hay una diferencia, Julián. Vas a tener que aprenderla.

Caminó hacia la puerta. Él la siguió con la vista —caminaba con la espalda recta y paso firme— y se sorprendió a sí mismo registrando detalles que no tenían por qué importarle. La forma en que el cuello del abrigo le rozaba la nuca. El azul de pintura en la muñeca, asomando bajo la manga.

No me importa, se dijo.

Y la palabra le sonó hueca antes de terminar de pensarla.

—Elena.

Ella se detuvo con la mano en el picaporte.

—¿Por qué te quedaste? —preguntó él—. Anoche. Pudiste irte a un hotel. A casa de tu tía. A cualquier parte. Me habrías dejado a mí el problema de explicar por qué mi esposa dormía fuera.

Elena lo miró por encima del hombro, y por un instante Julián creyó ver, debajo de toda esa serenidad nueva, el cansancio de tres años.

—Porque todavía no decido cómo quiero irme —dijo—. Cuando lo sepa, lo sabrás tú primero. Te lo debo, al menos eso. Más de lo que tú me debes a mí.

Y salió.

Julián se quedó solo en la cocina demasiado grande, con dos tazas en el escurridor y una melodía que no conocía dándole vueltas en la cabeza.

Horas después, a media mañana, llegó un sobre entregado en mano por un mensajero de guantes blancos. Papel color marfil, sellado en relieve. Julián lo abrió en su despacho del piso de arriba, sin demasiada atención, hasta que leyó el encabezado.

Fundación Doménica Vancroft. Gala anual benéfica.

Su abuela, otra vez, gobernando desde la tumba. La fundación que llevaría su fortuna entera si él fallaba, organizaba su cena de cada año, y el patronato esperaba —exigía, en realidad— la presencia del heredero Vancroft. Con su esposa. Del brazo. Sonriendo para las cámaras y los donantes, como prueba viva de que el matrimonio que sostenía la herencia gozaba de perfecta salud.

Pasó el dedo por la lista de confirmados que acompañaba la invitación, una cortesía del comité para los asistentes principales.

Se detuvo en un nombre, casi al final.

Srta. Isabella Marchetti.

Julián se recostó en la silla. En tres semanas tendría que entrar a un salón lleno de cámaras llevando del brazo a la mujer de la que quería divorciarse, mientras en algún punto de ese mismo salón, con copa en mano, lo esperaría la mujer por la que había querido hacerlo.

Bajó la vista al azul de la tarjeta que, sin darse cuenta, había imaginado era la pintura de nuevo en la muñeca de Elena.

Y por primera vez no supo, de las dos, a cuál temía más de ver esa noche.

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