La bodega olía a tiempo.
Elena descendió las escaleras de piedra con cuidado, con una mano apoyada en la pared húmeda. Julián iba delante, llevando una linterna que cortaba la oscuridad en triángulos amarillos. El aire se volvía más denso con cada paso, cargado de ese aroma específico de madera envejecida y fermentación.
—Doménica guardaba aquí las cosechas de su boda —dijo Julián, deteniéndose ante una fila de barriles de roble—. 1967. Dijo que abriría una botella el día en que yo entendiera a