No se separaron ni siquiera al subir las escaleras.
Julián la tomó en brazos en el vestíbulo, con la mano vendada rodeándole la espalda y la otra bajo sus rodillas, y Elena se lo permitió, enredando los brazos en su cuello, hundiendo el rostro en la curva de su hombro. Ninguno habló. Las palabras ya habían hecho su trabajo esa noche; ahora tocaba otro idioma.
En el rellano, ya estando sobre sus pies, Elena se inclinó y besó suavemente la venda blanca de su mano.
Julián se detuvo un instante, co