Amelia acercó la mano con cautela hasta el caballo, después de que Dimitri le indicara cómo hacerlo. Rozó su hocico una vez… y luego otra. Sonrió al ver que el animal no se apartaba, así que volvió a acariciarlo, esta vez con más seguridad. Su pelaje era suave, cálido.
—Eres un muchacho lindo, ¿verdad? —murmuró con dulzura—. El mejor del mundo.
—¿Debería sentirme celoso? —preguntó Dimitri.
—Cuando quieras puedo pasar mi mano por tu cabello y decirte que eres un buen muchacho —añadió, con un de