Dimitri y Amelia estaban sentados en el balcón de su habitación. Afuera, y en toda la casa, reinaba el silencio.
Él tenía un brazo por encima de los hombros de su esposa, y ella apoyaba la cabeza sobre su pecho, con la mirada perdida, como si estuviera sumida en sus propios pensamientos.
Ninguno de los dos había dicho nada en un buen rato, pero por primera vez no era ese silencio incómodo y tenso que casi se había vuelto una costumbre entre ellos en las semanas pasadas.
El día que habían pas