5-LA BODA.

El resto del día había transcurrido con total calma, no hubo imprevistos, no hubo descoordinación alguna ni ningún cabo suelto, todo estaba perfecto, demasiado perfecto.

—¡Grecia, estás preciosa!

—¡Gracias!, tú tampoco te quedas atrás —le dijo a su amiga y dama de honor Emma.

El traje de bodas de Grecia era un hermoso traje blanco bordado a mano y con pequeñísimos diamantes incrustados en el busto, era ancho de la cintura hacia abajo y no tenía cola, en cambio su velo era muy largo y la tiara que llevaba puesta era toda llena de diamantes un poco más grandes que los de su vestido, la había diseñado ella misma y después de la boda tenía planeado exhibirlo como parte de una colección privada que tenían en la cede principal de las joyerías.

—Esto fuera perfecto si mi padre estuviera aquí—dijo Grecia bajando la mirada un poco triste.

—Amiga, no te aflijas, el padre de Emilio te va a llevar al altar y si, ya sé que no es lo mismo pero si el señor Antonio no está aquí, debe ser por fuerza mayor, ve y cásate, para cuando regrese te encuentre muy feliz, yo estoy segura que eso es lo que más desea.

Grecia se secó unas lágrimas que no había podido contener por las palabras de aliento de su amiga y le dió un abrazo.

6:00 pm en punto, esa era la hora exacta que la ceremonia iba a comenzar, Emilio ya estaba junto a su madre esperando a Grecia en el altar mientras su padre se posicionaba en la otra punta a la espera de Grecia. Los invitados estaban todos sentados a ambos lados del angosto camino hacia el altar y deseosos por ver a la novia.

Finalmente comenzó a sonar la marcha nupcial y después que Emma caminara el largo corredor regando pétalos de rosas y portando los anillos hizo su aparición Grecia, todos quedaron sorprendidos por la belleza de la novia. Esta, con un lento pero seguro paso, iba avanzando colgada del brazo de su suegro. Cuando llegaron al final del camino, el padre de Emilio se quedó a un lado con su esposa mientras que Grecia quedó junto a Emilio y de frente (ambos) al cura.

—Estás deslumbrante mi amor.

Le dijo bajito Emilio mientras que el cura empezaba a leer todo lo que conlleva oficiar un matrimonio por la iglesia.

—Gracias —sonrió Grecia —tú también estás muy guapo.

Ambos fijaron su vista en el cura y prestaron atención en todo aquello que debe ser leído en un matrimonio, después de unos cuantos minutos de verborrea eclesiástica...

—¿Algún presente se opone a esta unión?

Dijo el cura más por rutina que por otra cosa, pero para su sorpresa...

—¡Yo! —dijo una voz a lo lejos.

Todos, absolutamente todos, voltearon en dirección a donde venía esa desconocida voz.

—Siga padre —dijo nervioso Emilio —eso no puede ser más que una broma de mal gusto.

—¡He dicho que yo! —repitió aquel misterioso hombre que estaba caminando rumbo al altar.

—¿Emilio, quien es ese hombre? —preguntó asustada Grecia.

—¡No sé!, primera vez en mi vida que lo veo.

El misterioso hombre caminaba por el corredor como si fuera él la misma novia, despacio y con glamur, estaba perfectamente trajeado y para ser sincera era un hombre muy simpático, alto, trigueño y con porte a modelo italiano.

—Buenas tardes —dijo sonriendo al llegar al altar.

—¿Me puede explicar quien es usted y que hace interrumpiendo la boda de mi hijo? —preguntó el padre de Emilio.

—¡Oh si!, perdón por mi mala educación, mi nombre es Hermes y vengo a llevarme a la novia.

—¿¡Pe...pero que broma es esta de tan mal gusto!? —preguntó Emma.

—Yo con mi trabajo no bromeo princesa —le respondió mirándola serio—bueno, la conversación es muy amena pero, a lo que vine, voy, Grecia —le dijo mirándola fijo —tenemos que irnos.

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