Cuarenta y cuatro

Sentir la calidez y la humedad envolverle los labios, así como el sabor mentolado y la suave textura que tanto le gusta, provoca que ella cierre los ojos por inercia. El deseo y la necesidad de volver a saborear la boca que le parece tan exquisita se imponen ante el orgullo; esa es la razón para ceder y corresponder aquel beso.

Sin embargo, la celebración de parte del señor Ross los interrumpe, por lo que rompen el contacto físico, pero mantienen el visual. Con una sonrisa cómplice, ellos se giran para darle la cara al anciano, quien aplaude con alegría y efusividad.

Después de conversar por un largo rato y ver las plantas que el señor Ross cultiva y las que ha comprado, ellos pasean por el pueblo.

—Tengo ganas de comerme un helado —comenta Gio.

La sola mención del postre frío estremece a Katerina, como consecuencia de recordar el cono de vainilla con menta y la experiencia tan placentera que tuvo aquella noche.

—Vamos a comprarte uno —dice, tratando de no tartamudear.

—¿Tú no quieres
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