Mabel
Dormí poco, por eso escuché perfectamente la orden de Riccardo: me moverán a otra casa de resguardo.
Me arreglé antes de que lo pidieran y cuando la puerta se abrió yo esperaba con las piernas cruzadas sentada en la cama. Cuando la puerta se abrió Riccardo entró, hoy se parece mucho a Faddei y no comprendo esta similitud.
—No pensé que… —Se rasca la cabeza, realmente no sabe qué decir. —Debemos irnos, pero eso ya lo sabes.
—Me adelante a las órdenes.
Su expresión está llena de incredulidad. Tomé una manta y me abrigué con ella, pero él extendió una gabardina gruesa, me la puse, olía a perfume de hombre, me quedaba grande, era claro que le pertenecía.
—¿Todo bien? —preguntó, observando con atención.
—¿Eso importa? —respondí, no use un tono irónico, ni temeroso, sino neutral.
—Importa más de lo que imaginas, si no estas bien, me van a matar, así de fácil. —No le creí.
—Estoy relativamente bien, no te preocupes, aunque dudo que le temas a perder la vida.
Segundos después pase por s