—Cuando volví al registro —comenzó Richard, su tono cargado de una mezcla de excitación y cautela—, la señora Ana me ayudó nuevamente con la búsqueda. Y esta vez... esta vez recordó algo importante.
Hizo una pausa, mirándome fijamente.
—Recordó que fueron unos hombres quienes llevaron el acta de defunción al registro. El acta era de una mujer llamada Soraida. Y lo más significativo, Valentina, es que Ana también recordó el nombre de la niña...
—¿Qué recordó exactamente, Richard? ¡Dime! —insist