Samantha
Abro los ojos con lentitud. No sé cuánto tiempo ha pasado. Podrían haber sido minutos… o días, no lo se. La luz es tenue, pero suficiente para mostrarme que sigo en el mismo maldito lugar. El olor a humedad y sudor rancio me revuelve el estómago. Trato de mover los brazos, pero el dolor en las muñecas me arranca un quejido; la piel está en carne viva por las cuerdas tan apretadas.
La cabeza y la cara me late como si alguien estuviera martillando dentro de ella. Cada respiración me que