Samantha
No sé cuánto tiempo ha pasado. Los segundos se han convertido en horas dentro de esta pesadilla. Otro golpe. Más fuerte. Otro Y otro. Cada uno más cruel, más despiadado el anterior. El dolor es insoportable, como si mi piel se desgarrara con cada azote.
Por un instante se detiene y me atrevo a respirar aliviada, pero el descanso dura poco: los azotes caen ahora sobre mis muslos, mi vientre, mis piernas. Cada impacto me arranca un grito desgarrador, y aun así sé que él disfruta cada sonido que sale de mi garganta. Es una tortura interminable, un castigo que parece no tener fin, como si quisiera borrar mi humanidad a golpes.
Lloro por la impotencia, por el dolor, por la rabia de estar atada sin poder defenderme. Mis lágrimas se mezclan con el sudor.
—Mírame… —gruñe con voz grave, cargada de una amenaza.
Me niego. No quiero darle el gusto de verme quebrada. Aprieto los ojos con fuerza, como si con eso pudiera desaparecer. Pero de inmediato me agarra el rostro con violencia, sus