La tarde estaba gris, con nubes que presagiaban tormenta. Sebastián me citó en un estacionamiento subterráneo, lejos de miradas curiosas. El eco de mis pasos se mezclaba con el ruido lejano del tráfico.
Él estaba allí, apoyado en su coche, como siempre, fumando. Cuando me vio, apagó el cigarrillo con un gesto lento.
—Gracias por venir —dijo, abriendo la puerta del copiloto—. Tenemos que hablar sin interrupciones.
Me senté a su lado, con el corazón acelerado.
—Ya estoy cansada de acertijos, Seba