Al día siguiente, Ylva despertó lentamente, sus sentidos aún adormecidos por el sueño profundo. Se removió en la cama, sintiendo el cálido abrazo de Ethan que la rodeaba. Su presencia la reconfortaba y la hacía sentir segura.
—Buenos días, mi hermosa nevosa —dijo, su voz profunda y tranquila.
Ylva, aún medio dormida, parpadeó confusa y preguntó:
—¿Qué hora es? Tengo mucha hambre, siento como si no hubiera comida por un día entero.
Ethan miró el reloj en la mesita de noche y respondió:
—Son las