Capítulo sesenta y cuatro.
—¡¡¡A las armas!!! —rugió la voz profunda de Aldric, y su eco pareció sacudir la mismísima tierra.
La campana de guerra resonó en las torres del Palacio de Lycandar, como un corazón de bronce latiendo con furia. El cielo, teñido por una luz rojiza, presagiaba el conflicto inminente. Desde las montañas más lejanas hasta los bordes del bosque encantado, el mundo contenía la respiración.
Aldric caminaba con paso firme sobre la plataforma elevada del campo de concentración. Sus ojos, intensos y dec