La tensión en el campamento de los bandidos alcanzaba un punto insoportable. Los prisioneros, agotados y hambrientos, apenas podían sostener una conversación sin que los hombres armados los interrumpieran. Pero esa tarde algo distinto ocurrió: Luis Méndez entró con una actitud agresiva, más desafiante que nunca.
—Ya basta de su silencio —gritó, golpeando la mesa—. ¡Hablen, maldita sea!
Lía dio un respingo, asustada. Claudia lo miró con rabia.
—¿Hablar? ¿Y de qué? ¡Si tú estás tan perdido como nosotros!
Luis sonrió con cinismo.
—¿Perdido yo? Ustedes son los que no entienden nada.
El tono subió rápidamente, hasta que Carlos, que no estaba atado como los demás por una negligencia de sus captores, se puso de pie.
—¡No vuelvas a tocarla! —advirtió cuando Luis intentó sujetar a Claudia del brazo.
—¿Y si lo hago qué? —replicó Luis con burla.
Fue entonces cuando Carlos, aprovechando su libertad, se lanzó sobre él con una fuerza inesperada. El choque hizo retumbar la pequeña habitación: puños,