La tensión en el campamento de los bandidos alcanzaba un punto insoportable. Los prisioneros, agotados y hambrientos, apenas podían sostener una conversación sin que los hombres armados los interrumpieran. Pero esa tarde algo distinto ocurrió: Luis Méndez entró con una actitud agresiva, más desafiante que nunca.
—Ya basta de su silencio —gritó, golpeando la mesa—. ¡Hablen, maldita sea!
Lía dio un respingo, asustada. Claudia lo miró con rabia.
—¿Hablar? ¿Y de qué? ¡Si tú estás tan perdido como n