La mañana amaneció gris, como si el cielo mismo presintiera la tormenta que hervía en el corazón de Claudia. Apenas abría los ojos, ya podía sentir en su piel el rastro de la noche anterior. El calor de las manos del jefe todavía parecía recorrerla, y aunque intentaba negarlo, no podía borrar la intensidad de su mirada ni el peso de ese beso que había desatado un incendio imposible de apagar.
Se levantó lentamente, con la cabeza llena de pensamientos contradictorios.
—Fue un error… —murmuró par