La mañana amaneció gris, como si el cielo mismo presintiera la tormenta que hervía en el corazón de Claudia. Apenas abría los ojos, ya podía sentir en su piel el rastro de la noche anterior. El calor de las manos del jefe todavía parecía recorrerla, y aunque intentaba negarlo, no podía borrar la intensidad de su mirada ni el peso de ese beso que había desatado un incendio imposible de apagar.
Se levantó lentamente, con la cabeza llena de pensamientos contradictorios.
—Fue un error… —murmuró para sí—. Solo fue la desesperación, el encierro… No significa nada.
Pero dentro de ella algo la traicionaba: un temblor, un deseo oculto que se aferraba a cada recuerdo.
El jefe entró sin llamar, con la misma calma que lo caracterizaba. Llevaba una bandeja improvisada con pan y café. Claudia lo miró con enojo fingido, pero en sus ojos había un brillo que no supo ocultar.
—¿Y ahora qué pretendes? ¿Convertirte en mi sirviente? —ironizó.
Él sonrió de medio lado, esa sonrisa torcida que tanto la confu