Capítulo Treinta cinco.

Roberto Ramírez.

Qué maravilla de mujer. Toda una belleza admirable.

Jadeo con deseo, verla envuelta en ese conjunto diminuto, en que se le observa cada atributo es una bendición.

—Perdón por haberte colgado de ese modo por la llamada.— me dice Verónica con los ojos de amor. — A último momento se presentó un inconveniente, pero ya lo resolví. — añade y acerca a mi.

— No me debes explicaciones, sé que eres una mujer muy ocupada, y que como futuro esposo debo darte el espacio que mereces.— le exp
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