La lluvia aún no se había ido del todo. El cielo sobre Londres parecía un lienzo gris, difuminado, donde el sol apenas se atrevía a asomarse. El aire olía a humedad y asfalto, y dentro de la casa de los Rothwell reinaba un silencio denso, quebradizo, como si todos temieran respirar demasiado fuerte.
Emma caminaba de un lado a otro por la cocina, intentando mantener la calma. Había preparado té, luego café, y finalmente decidió cocinar algo, aunque nadie parecía tener apetito. Cada sonido del re