La luz matinal se filtraba entre las cortinas, bañando la habitación de Violeta en un tono dorado. El canto de los pájaros se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad, y por un instante, todo parecía en calma. Emma estaba sentada frente a ella, con las piernas cruzadas sobre el sofá, sosteniendo una taza de chocolate caliente que humeaba suavemente.
—He estado pensando —dijo de pronto, con un suspiro que rompió el silencio—. No puedo quedarme aquí para siempre, Vi. Necesito poner los pies s