El reloj del comedor marcaba las siete con un tictac que se mezclaba con el ronroneo pausado de Atenea. La gata estaba en el sofá, acurrucada junto a Violeta, que sostenía una taza de té entre las manos. El silencio del apartamento era denso, casi insoportable. Desde la ventana, las luces de la ciudad parecían tan distantes que daban la sensación de pertenecer a otro mundo.
Violeta suspiró y acarició a Atenea detrás de las orejas. La pequeña felina levantó la mirada, maulló suavemente y volvió