La noche era tan serena que el aire parecía flotar entre las hojas del parque, como un suspiro de verano tardío. Hope caminaba a su lado en silencio, las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta que Eugene le había prestado. Aún olía a su colonia, esa mezcla de madera, menta y algo que solo podía describirse como “él”.
No sabía por qué no había pedido irse directamente a casa después del ensayo. Tal vez era la forma en que Eugene la había mirado antes de decir: “Ven, quiero mostrarte algo.