Elara sostuvo el peso de Kael, guiándolo con esfuerzo por la penumbra del hangar, sus pasos resonando en el vasto espacio vacío mientras la pesada puerta de metal se cerraba con un siseo amortiguado tras ellos, sellando su fuga y el inicio de su reclusión, una reclusión voluntaria en el corazón de la última fortaleza de su abuelo, un lugar donde el control de su padre no podía penetrar, un santuario de la verdad que su madre había legado.
La luz interior se encendió, revelando no un almacén aba