Elara pisó el acelerador del todoterreno negro, la velocidad un bálsamo para el pánico residual de la fuga, mientras las luces de la mansión Orion desaparecían en el espejo retrovisor, un símbolo de su escape de la toxicidad, la vigilancia y la traición, dejando atrás el veneno lento que había amenazado su cordura y la vida de su hijo, una huida impulsada por el miedo y consolidada por la sangre fresca que manchaba el asiento del pasajero, la sangre de Kael, su esposo, su manipulador, y ahora,