La confesión de Kael, aunque tardía y envuelta en las capas de su estrategia protectora, había servido para cimentar la alianza, una sociedad forjada no en un notario, sino en el miedo compartido a la herencia familiar y al veneno lento del metal pesado, un veneno que ahora amenazaba al hijo que Elara llevaba en su vientre, la razón última de su supervivencia, el motor de su voluntad inquebrantable. Elara asimiló rápidamente la verdad: la mansión era una trampa química y Kael, a pesar de sus mé