La frase se repetía en la mente de Valentina como un eco imposible de acallar:
¿Y si todo esto es solo el comienzo?
No pudo dormir. Pasó la noche en vela, recostada en el sofá de la biblioteca, mirando el techo mientras la penumbra se espesaba alrededor. Cada vez que cerraba los ojos, veía la tapa metálica del reloj abrirse sola, dejando escapar un resplandor rojo que la devoraba desde dentro.
El amanecer llegó sin aviso, tiñendo el cielo con un gris desvaído. Alexander no había dormido tampoco