Valentina cerró los ojos, y la punzada en su sien se transformó en un ardor que la atravesó como una aguja de fuego. Se llevó la mano a la cabeza, respirando entrecortado, con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. El dolor no era normal; no era humano. Era como si algo dentro de ella se hubiera encendido, algo que no reconocía como suyo.
Alexander la sostuvo de los hombros en cuanto la vio tambalearse. Su rostro, normalmente tan duro e imperturbable, se tensó con una preocupación que rara