El reloj descansaba sobre la mesa de la biblioteca como un artefacto maldito. La lámpara proyectaba un halo amarillento sobre el metal bruñido, y cada vez que Valentina parpadeaba, creía ver las espirales grabadas en la tapa retorcerse, como si fueran tentáculos de sombra que buscaban atraparla.
No era un reloj común. Alexander lo había dejado sobre la madera, abierto, para que ambos vieran el corazón de aquella amenaza: un contador rojo, digital, que descendía segundo a segundo con la frialdad