El portón de hierro se abrió con un chirrido grave que se perdió entre el viento helado. La casona de piedra, imponente y desolada, parecía un espectro del pasado. Valentina se quedó de pie frente a ella, con los brazos cruzados como si pudiera protegerse del frío y de la verdad que se avecinaba.
Alexander avanzó unos pasos por el sendero de piedras húmedas y se giró hacia ella.
—¿Tienes miedo? —preguntó, con esa voz serena que jamás dejaba entrever inseguridad.
Valentina apretó los labios.
—Te