La noche había caído cuando abandonaron la casona. El auto negro los esperaba en el camino, con el motor encendido y las luces iluminando la carretera solitaria. El aire estaba impregnado de humedad, y un silencio denso se cernía sobre ellos, como si la propia tierra guardara lo que habían desenterrado horas antes.
Valentina subió sin pronunciar palabra. Sentía la garganta seca, los ojos cansados y la piel erizada de tensión. La revelación de aquel sótano seguía pesando en su pecho como una pie