Veintinueve

KYRION

Sonrío, me quedo observándola. No pretendo irme, al menos hasta que sus padres estén aquí, aunque nadie puede protegerla mejor que yo. Pero por primera vez en mi vida, siento que necesito esa mierda de estar solo, de pensar.

Mi mirada baja a su vientre, y sin que me dé cuenta, levanto mi mano. Le acaricio con ternura. Ella suspira fuerte.

—Eres tan fuerte como papá y tan terco como mamá. Te aferraste a la vida, mi don.

—¿Cómo le dijiste? —inquiere.

—Don, porque será el amo del mundo.

Rueda los ojos y se acomoda en la camilla. Evita mirarme, pero sabe que lo estoy haciendo, que no aparto mis ojos de ella, del movimiento leve de nuestro hijo.

Cierra los ojos y me convenzo de que está dormida cuando su respiración es tan calmada que parece en paz. Acerco el sillón y sujeto sus manos. Están frías y suaves.

Miro su rostro, tratando de hacerme a la idea de que voy a dejarla ir, aunque sea temporal, de que voy a permitirle estar lejos de mí, aunque es lo que menos quiero. Pero todo se
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