Treinta

KYRION

Su padre sale como si ella fuera la autoridad. Me quedo sentado, mirando solo su vientre. Ella se acerca y, al sentarse, mi mirada queda en sus pechos. Me obligo a subirla a su rostro.

—Gema Díaz —digo moviendo un lápiz sobre el escritorio.

Me lo arrebata como si le molestara el acto.

—¿Quién rayos te crees? —aprieto el puño sin cambiar mi posición.

—No. ¿Quién rayos te crees tú? ¿A qué estás jugando?

—¿Te parece que es un juego? Eres más cínica de lo que pude imaginar. Te fuiste, te llevaste a mi hijo, mi deseo de ser mejor y ahora vienes aquí. ¿A qué?

—No me he llevado nada de ti. Sabes dónde estoy. No seas cobarde. Te pedí mi libertad, te dejé claro que no quiero una relación contigo. Mírate.

—¿Qué quieres, Gema?

—Hay problemas con tu empresa. Tu amigo no es que tenga claro a dónde va todo. Decidí quedarme al frente, pero no para que me dejes la responsabilidad. Hay cosas de las que no tengo idea. ¿Crees que podrías mover tu orgulloso trasero y echarme una mano?

—¿Quieres re
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