La semana siguiente al evento estuvo cargada de reuniones, reportes, correos sin responder. Pero lo más intenso no era nada de eso. Lo más difícil era mirarlo a los ojos y fingir que nada había cambiado.
Noah volvía a su rol habitual: preciso, exigente, impenetrable. Como si la noche en la terraza nunca hubiera existido. Como si ese roce de manos, esas confesiones bajo las luces de la ciudad, hubieran sido un espejismo compartido del que ambos habíamos despertado sin hablarnos.
Era martes, y to