Me paré frente al espejo, con las manos en las cadera, admirando la vista, no el horizonte, sino a mí misma.
Cabello despeinado, ligeramente ondulado, que de alguna manera parecía intencional, el tono perfecto entre castaño y un balayage caro. Ojos almendrados que podían mentir, coquetear y amenazar al mismo tiempo. Labios llenos, suaves, tercos e injustamente besables. Mi piel brillaba como si hubiera dormido sobre seda en lugar de ansiedad, y mis pómulos… estaban esculpiendo su propia leyenda