El coche chirrió hasta detenerse.
Lorenzo apenas recordó haber abierto la puerta. Ya estaba fuera, los pies golpeando con fuerza el pavimento, las rodillas volviéndose gelatina en el segundo en que vio la escena frente a él. Casi todo el edificio había sido evacuado; los residentes se agrupaban afuera, algunos llorando, otros sangrando, otros envueltos en mantas de emergencia. Las sirenas gritaban desde todas direcciones. El humo se enroscaba desde los pisos superiores.
El pecho se le apretó.
“