Tokio – El Amanecer en el Ryokan
La luz del sol comenzaba a bañar la habitación. Tras la intensa noche, María y Vladimir se encontraban en un momento de vulnerabilidad y honestidad brutal.
—Vladimir... —susurró María, mientras trazaba con sus dedos las cicatrices en la espalda del ruso—. Lo que pasó anoche... esa forma de poseerme... me hizo sentir que finalmente rompí mis cadenas. Pero no puedo evitar que el nombre de Gabriel cruce por mi mente como un fantasma.
—María, mírame —respondió Vladimir, girándose para sostener su rostro con firmeza—. No me importa que su sombra aparezca de vez en cuando. Lo que me importa es que ahora eres tú quien decide quién entra en tu cama y en tu vida.
Anoche no fuiste la esposa de un preso, fuiste la mujer que aceptó ser mi esposa.
—Lo sé —dijo ella, con una chispa de fuego en sus ojos—. Y por eso te pedí que no te detuvieras. Necesitaba sentir ese dolor placentero para saber que estoy viva, que ya no soy la mujer frágil que salió de Madrid.
—Y no