El tribunal estaba abarrotado. Gabriel entró escoltado por los guardias, con el rostro endurecido. El juez anunció el inicio del segundo juicio, y las palabras cayeron como piedras:
—Las pruebas son concluyentes. La condena podría superar los quince años de prisión.
Gabriel sintió que el aire se le escapaba del pecho. María lo miraba con desesperación, pero no podía alcanzarlo. El murmullo de la multitud se convirtió en un rugido que lo dejaba sin aliento.
En otro lugar, Mónica se recuperaba por completo de sus heridas. Su mirada ya no era la misma mujer de antes, sino la de una investigadora. Junto a Lucía, revisaba cada pista sobre quién había ordenado el disparo.
—Alguien quiso silenciarme —dijo con firmeza—, y lo descubriré.
Lucía la escuchaba con atención, aunque en su interior la venganza era un fuego que no se apagaba.
Iván, fiel, se acercó a Lucía en la mansión.
—Nunca te dejare sola—confesó con voz grave—. Mi lealtad es absoluta.
Lucía lo observó con frialdad.
—Entonces demue