La noche en Nueva York se teñía de rojo. Lucía entró en la sala de juntas de la empresa textil con un abrigo oscuro, sus pasos resonando como disparos. Los socios la miraban con miedo. Ella sonrió con frialdad.
—Desde hoy, esta empresa responde a mí. Quien se atreva a cuestionarlo… terminará como Farid y Xi Li.
El aire se congeló; hasta los relojes parecían detenerse.
En paralelo, Iván caminaba por los pasillos con el teléfono en la mano. Arturo Portilla le había informado que el niño Dairon seguía con fiebre. Iván cerró los ojos, atormentado.
“Lucía dicta sentencias de muerte sin pestañear… y yo no logro salvar a un niño.”
Su mente lo traicionó con un flashback: la noche del accidente de los padres de Lucía y Gabriel. El fuego, los gritos, y la sombra de Lucía observando en silencio. Iván apretó los dientes, sabiendo que guardaba un secreto capaz de pulverizarlo todo.
En el tribunal, Gabriel aún estaba rodeado de guardias. María lo abrazaba con fuerza, como si quisiera fundirse con é