La noche en Nueva York se teñía de rojo. Lucía entró en la sala de juntas de la empresa textil con un abrigo oscuro, sus pasos resonando como disparos. Los socios la miraban con miedo. Ella sonrió con frialdad.
—Desde hoy, esta empresa responde a mí. Quien se atreva a cuestionarlo… terminará como Farid y Xi Li.
El aire se congeló; hasta los relojes parecían detenerse.
En paralelo, Iván caminaba por los pasillos con el teléfono en la mano. Arturo Portilla le había informado que el niño Dairon se