La mansión Soto estaba en silencio. No por paz, sino por duelo. El cuerpo de Lucía yacía en la sala principal, rodeado de flores rojas y velas encendidas. El aire olía a incienso, pero también a secretos. Gabriel, con el rostro endurecido, observaba el ataúd sin decir palabra. María, a su lado, sostenía la mano de Dairon, quien no podía dejar de mirar el rostro de su tía muerta.
—¿Por qué hay tanta gente aquí? —preguntó Dairon en voz baja—. ¿No era ella una asesina?
María respondió con un susur