La mansión Soto estaba en silencio. No por paz, sino por duelo. El cuerpo de Lucía yacía en la sala principal, rodeado de flores rojas y velas encendidas. El aire olía a incienso, pero también a secretos. Gabriel, con el rostro endurecido, observaba el ataúd sin decir palabra. María, a su lado, sostenía la mano de Dairon, quien no podía dejar de mirar el rostro de su tía muerta.
—¿Por qué hay tanta gente aquí? —preguntó Dairon en voz baja—. ¿No era ella una asesina?
María respondió con un susurro:
—Porque incluso los monstruos tienen admiradores. Y porque el verdadero poder no muere con el cuerpo… sino con el silencio.
En ese momento, entró un hombre desconocido. Alto, traje oscuro, mirada afilada. Se presentó como Iván Montenegro, abogado personal de Lucía. En su mano llevaba un sobre sellado con el escudo de la familia Soto.
—Este testamento fue escrito hace seis meses —dijo con voz firme—. Y cambiará el destino de todos los presentes.
Gabriel se tensó. María apretó la mano de Dairo