La noche en Nueva York caía con un aire pesado, como si la ciudad misma presintiera que algo oscuro estaba por suceder. María, aún con el corazón desgarrado por la partida de Enrique, intentaba recomponerse. Sabía que debía seguir adelante, aunque la soledad le mordiera el alma.
Gabriel la observaba desde el sofá, preocupado por la fragilidad que escondía detrás de su aparente fortaleza. Dairon, por su parte, se concentraba en sus estudios, ajeno a la tormenta emocional que envolvía a su madre.