La noche en Nueva York caía con un aire pesado, como si la ciudad misma presintiera que algo oscuro estaba por suceder. María, aún con el corazón desgarrado por la partida de Enrique, intentaba recomponerse. Sabía que debía seguir adelante, aunque la soledad le mordiera el alma.
Gabriel la observaba desde el sofá, preocupado por la fragilidad que escondía detrás de su aparente fortaleza. Dairon, por su parte, se concentraba en sus estudios, ajeno a la tormenta emocional que envolvía a su madre.
De pronto, el teléfono sonó. María lo tomó con manos temblorosas.
—¿Quién habla? —preguntó con voz cautelosa.
—Soy yo… Lucía —respondió una voz fría al otro lado de la línea.
María sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué quieres de mí? —replicó con firmeza.
—Lo que siempre quise: verte caer. No te imaginas lo cerca que estoy de lograrlo —contestó Lucía, con un tono cargado de amenaza.
Gabriel se levantó de inmediato y le arrebató el teléfono.
—Escúchame bien, Lucía. No vas a tocar a M