El Dilema de Camila
Camila se encontraba en un estado de confusión absoluta. Sabía que huir no sería tan sencillo como empacar una maleta; las garras de Lucía Soto eran largas y estaban clavadas profundamente en su vida a través de la salud de su madre. Sin embargo, el peso de la culpa y el miedo de perder por completo su integridad la empujaban a tomar una decisión drástica.
Dos horas después de su último enfrentamiento emocional, Camila llegó a la residencia de su madre, Victoria. Llevaba de la mano a la pequeña Rebeca, quien saltaba de alegría por ver a su abuela, ajena a la tormenta que sacudía el mundo de los adultos.
—Hola, madre. ¿Cómo estás hoy? —saludó Camila, intentando forzar una sonrisa mientras entraba en la habitación—. Te traigo a tu nieta; no dejaba de preguntar por ti en todo el camino.
Victoria, sentada en su sillón junto a la ventana, recibió a la niña con un abrazo débil pero cálido. Sin embargo, sus ojos de madre, expertos en leer los silencios de su hija, se posa