—Uy, culpa mía—. Una voz aguda habló, seguida de una risita. El sonido de la voz de Rebecca Roberts me hizo apretar la mandíbula. Por supuesto que no fue un accidente. Nunca nada lo era con Rebecca.
En cuanto Rebecca se echó a reír, todos en el pasillo siguieron su ejemplo. En cuestión de segundos, todo el pasillo se estaba riendo a carcajadas a mi costa. Sentí que se me saltaban las lágrimas, pero las contuve parpadeando con rapidez.
Fue más que humillante que me pusieran la zancadilla y me ec