Cuando finalmente salimos del hospital, el sol brillaba con una luz cálida y reconfortante, como si nos diera la bienvenida de regreso a la vida. Mi madre llevaba mi maleta llena de ropa y medicinas, y también una silla de ruedas que insistía en que yo debía usar, pero me negaba rotundamente a volver a sentarme en ese símbolo de debilidad. Quería dejar atrás una parte de mí misma en aquellas habitaciones estériles, y no estaba dispuesta a llevar esa carga conmigo.
Nos dirigimos hasta el coche q