Después de nuestra breve charla, me senté en mi escritorio y encendí el computador. La pantalla cobró vida y, de repente, me encontré frente a una montaña de correos electrónicos y notificaciones que se habían acumulado durante mi ausencia, como si cada uno de ellos estuviera gritando "¡mírame!". Tomé un sorbo de café, disfrutando su sabor, mientras intentaba ponerme al día con todo lo que había quedado pendiente.
Las tareas se amontonaban como si fueran un rompecabezas que necesitaba resolver.