Adrián tomó mi mano y ambos corrimos. No era una carrera, era una huida cinematográfica que cortaba el aliento. Dejamos atrás la música y las luces del jardín, y nos adentramos en el sendero de tierra y hojas hacia las cabañas. La adrenalina del beso me hacía sentir increíblemente ligera.
Al llegar a la Cabaña, Adrián no perdió el tiempo. Sacó de su bolsillo una tarjeta negra, deslizó el código sobre la mini pantalla pegada a la pared y el seguro de las puertas corredizas se abrió enseguida. Me