Adrián tomó mi mano y ambos corrimos. No era una carrera, era una huida cinematográfica que cortaba el aliento. Dejamos atrás la música y las luces del jardín, y nos adentramos en el sendero de tierra y hojas hacia las cabañas. La adrenalina del beso me hacía sentir increíblemente ligera.
Al llegar a la Cabaña, Adrián no perdió el tiempo. Sacó de su bolsillo una tarjeta negra, deslizó el código sobre la mini pantalla pegada a la pared y el seguro de las puertas corredizas se abrió enseguida. Me empujó hacia adentro, y luego entró él, bloqueando el pestillo con un clic sonoro y definitivo.
Una vez dentro, ambos respiramos profundamente, dejando salir el cansancio acumulado por el día agotador, que ahora se sentía más como una resaca emocional.
—Escapamos —dijo Adrián, apoyando la espalda en la puerta, sonriendo triunfante.
Yo me tiré al suelo con un suspiro dramático. —Por fin. Sentía la sonrisa entumecida en mi rostro.
Adrián soltó una carcajada. —No exageres. Tampoco tuviste que sonr