El aroma a café recién hecho y a pan crujiente recién salido del horno envolvía la mesa de la cafetería. Era una escena cálida, doméstica, un mundo fuera del caos de las compras y de la trascendental firma de horas antes. Elena, con los ojos brillantes de curiosidad, tomó un panecillo dorado, lo partió en dos—liberando un vapor delicioso—y le dio un mordisco con satisfacción.
—Entonces —comenzó, con una calma que resultaba sospechosa, —¿no me dirán qué hacían un jueves cualquiera a esta hora de