La primera audiencia dio inicio. El abogado de la señora Graciela se levantó con una parsimonia que resultaba insultante. No hubo gritos, ni aspavientos; solo el roce seco de un papel deslizándose sobre el escritorio del juez.
—Su señoría —dijo el hombre, con una voz que sonaba a seda y veneno—, mi cliente ha intentado proteger la dignidad de su hijo hasta el último momento. Pero ante las acusaciones de usurpación, no nos queda más remedio que presentar el anexo secreto al testamento del señor